Las vidrieras del Templo

Explicación catequética de Fray Juan Bernardo García O.P.

Toda la densidad catequética, mistagógica y simbólica, en relación con la liturgia, descasa especialmente en la vidriera central, que quiere ser como un espejo de la fe de la asamblea que se reúne en torno a Cristo, el Cordero Santo, que con su inmolación nos purifica y nos hace dignos de servir a Dios en su presencia (plegaria eucarística II) en la acción litúrgica. Está inspirada en el libro del Apocalipsis, que, al contrario de lo que comúnmente se cree, no es un libro de catástrofes, sino el gran libro de la esperanza mientras pasa la tribulación. Es un libro escrito en momentos difíciles para avivar el ánimo de los creyentes y su esperanza en Cristo. Es precisamente enn ese libro donde Cristo dirige a la Iglesia entera esa exhortación que aparece escrita con grandes letras, de extremo a extremo de la vidriera: ÁNIMO SOY YO.

Para el creyente es de vital importancia encontrarse con esta exhortación y acogida por parte del Señor. Cuando Él dice ¡ánimo!, se diluyen todos los miedos que traemos del mundo y que anidan como serpientes en nuestro corazón, impidiéndonos el verdadero gozo: sentirnos amados gratuitamente. SOY YO significa: soy tu roca, tu pastor, tu escudo, tu defensa: no temáis nada. Ante esta palabra, la asamblea sentirá en su corazón la certeza que expresa san Pablo en el capítulo ocho de su carta a los romanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (…) ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución? (…) En todo vencemos por aquél que nos amó. Cierto; venimos de los diarios embates de la vida, y contemplamos al Cordero que entró también en la gran tribulación, que fue sacrificado, pero ahora está vivo y triunfa (secuencia pascual). Y con Él triunfamos nosotros también. Segun el Apocalipsis, el Cordero que aparece en la liturgia celeste -a la que nos agregamos nosotros en la tierra- se ve que ha sido degollado, pero está en pie. En la vidriera, ese Cordero que ilumina a la asamblea es el que ha sido sacrificado -de su cuello mana la sangre-, su cuerpo ha sido inmolado: y ese cuerpo entregado y esa sangre derramada se nos dan como alimento de vida eterna. En su sacrificio ha vencido a la muerte para Él y para todos. Por eso está de pie, que es signo de resurrección, y nos anima haciéndonos partícipes de su victoria: ÁNIMO SOY YO. En la liturgia de la asamblea celeste que se describe en el Apocalipsis (que significa Revelación), aparece el número siete, que es símbolo de totalidad, referido al Espíritu y a la Iglesia -a la que se la llama la Esposa, la Esposa de Cristo-. Es el Espíritu en su plenitud y la Esposa en todas las comunidades eclesiales que la componen. Ante el Cordero están las siete llamas de fuego del Espíritu y las siete estrellas que representan a las iglesias o comunidades. Y afirma el Apocalipsis: El Espíritu y la Esposa dicen: ¡ven!. La asamblea que contempla y celebra el amor de su Esposo, Cristo. dice movida por el Espíritu, que es el amor que ha sido derramado en nuestros corazones: ¡VEN!. Es el grito esperanzado y jubiloso de los que celebran el misterio de la salvación. En cada Eucaristía, a lo largo y ancho de toda la tierra, la iglesia ora con el gemido inefable del Espíritu: ¡Ven Señor Jesús!, es el deseo máximo de la Esposa, su esperanza suprema: estar con el Señor. Es la Esposa que, por el Espíritu, añora la presencia sin velos de Aquél que la ama. Hasta que llegue ese momento, la Iglesia mantiene encendida su lámpara recordando, haciendo memorial de la entrega de su Esposo hasta que vuelva. En la vidriera todo esto se representa en el círculo que enmarca el Cordero: las siete estrellas -la Iglesia- y las siete llamas de fuego -el Espíritu-. Y dentro de ese círculo, junto al Cordero, la oración eclesial: ¡VEN!.

En torno al círculo donde está el cordero -en el texto del Apocalipsis dice: en torno al trono– hay cuatro seres que miran hacia los cuatro extremos del Universo. Hace referencia a la visión de Ezequiel (10,12), donde se dice que estos seres, con cara de hombre, de león, de toro y de águila, y cubiertos de alas, al avanzar iban en las cuatro direcciones y no se volvían en su marcha; seguían, en efecto, la dirección del lado adonde miraba la cabeza y no se volvían en su marcha. Es el carro de Dios la Merkabah, la presencia y la gloria de Dios como fuego. Para nosotros los cristianos ese carro de Dios, formado por esos cuatro seres alados es el Evangelio en sus cuatro versiones, que llevan a los cuatro puntos cardinales la Palabra Viviente, que es Cristo, en el que contemplamos la gloria del Padre. Esa palabra es proclamada solemnemente en la liturgia de la Iglesia reunida en asamblea, y ésta se nutre de ella, porque sabe que la vida viene de la palabra que sale de la boca de Dios. Y así se queda expresada en la vidriera la importancia de la Palabra de Dios para todo creyente, y que es parte esencial de la liturgia de la Iglesia.. En la celebración, a nosotros nos llega la Merkabah, el carro de Dios que nos trae su Palabra como un fuego purificador y vivificante. Un día seremos arrebatados, como Elías, en ese carro de fuego que es Cristo glorioso: porque la Palabra no vuelve a Dios vacía, sino que cumplirá su encargo: Conducirnos al Reino de Dios.

En la parte inferior, a lo largo de toda la vidriera hay como un mar, según la expresión apocalíptica. El mar significa muerte; pero, lo mismo que en el primer éxodo al salir de Egipto el pueblo de Dios, ese mar se abre en dos al paso del Cordero y de toda su descendencia, de su pueblo, que somos nosotros. Dice el Apocalipsis: Y vi también como un mar de cristal mezclado con fuego, y a los que habían triunfado de la Bestia y de su imagen y de la cifra de su nombre, de pie junto al mar de cristal, llevando las cítaras de Dios. Cantan el cántico de Moisés (15, 2-3). Es el canto de la victoria y de reconocimiento al Dios Todopoderoso que ha abierto el mar para nosotros. Cristo nuestra Pascua, el Cordero Santo, ha abierto un camino en la muerte, y con Cristo elevamos nuestra alabanza a Dios, que ha hecho maravillas. La muerte se retira, como el mar, ante el Cordero y cuantos lo acompañan en su seguimiento. Contemplando esto, la asamblea, el creyente, puede gritar como San Pablo: ¿Dónde está, muerte, tu victoria?. En el fondo, arriba a la izquierda, según se mira a la vidriera, aparece el signo de la cruz, lugar donde el Cordero ha sido sacrificado, ha entrado en la muerte por todos nosotros, arrebatándole a la muerte sus poder, que es el pecado. Estamos en paz con Dios. En la cruz hemos sido rescatados por la entrega del Inocente. Pero Cristo no se ha quedado en la muerte, sino que, habiéndola vencido para él y su descendencia, ahora vive y triunfa. En la mañana de Pascua, Cristo resucitado se alza como la estrella luminosa, el lucero que no conoce el ocaso (pregón pascual), que ilumina e inaugura el día nuevo: Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Este es el día que inaugura el nuevo tiempo, en el que vivimos con la esperanza puesta en Cristo resucitado de entre los muertos. Esa estrella ardiente aparece en el cielo de la vidriera, según la miramos, a la derecha. La asamblea vive iluminada por Jesucristo, muerto y resucitado. A él la gloria por los siglos.

VIDRIERAS LATERALES

Estas otras dos vidrieras laterales, a diferencia de la central son mas sobrias en su concepción, porque no pretendía que fuesen el retablo del templo. Para eso ya estaba la que ocupa el lugar sobre el altar y que es la mayor de las tres. En sus formas y colores, así como en el trazado vigoroso del dibujo, se corresponden con la vidriera central, porque quise que las tres formaran un todo armónico; pero el mensaje fundamental debía transmitirlo la vidriera central, como proclamación que queda abierta ante la asamblea.

No obstante y dado que la parroquia está fundada y regida por los frailes predicadores -dominicos, se les conoce-, y puesta bajo el patrocinio de Santa Catalina de Siena, miembro de la misma familia dominicana, esto debía figurar al menos como símbolo en ambas vidrieras.

Así, a la izquierda, según se entra al templo, contiene en su mismo centro el escudo de la Orden de Predicadores: Una cruz cuyos brazos están cada uno dividido longitudinalmente en tonos blanco y negro, sobre fondo semejante y en contraste con el tono de cada parte de los brazos, que terminan en flor de Lis. Proviene del escudo de la casa paterna de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden. Los padres de Santo Domingo eran ambos descendientes de los condes fundadores de Castilla. En la vidriera este escudo se dilata en una enorme cruz, también dividida en cada uno de sus brazos por tonos claros y oscuros: es la proyección de la Orden en el mundo. Y entre esos grandes brazos, que forman por sus extremos un círculo, hay cuatro especie de rosetones que representan las cuatro ramas de toda la familia dominicana: frailes predicadores, monjas de vida contemplativa, religiosas de vida activa y terciarios y seglares pertenecientes a la Orden.

La Orden dominicana como lema y misión contemplar el misterio de la salvación y anunciar lo que se ha contemplado. Y esto se lleva a cabo fundamentalmente a través de la oración, el estudio y la predicación. El misterio que se contempla en la vidriera central -Cristo muerto y resucitado, y anunciado a los cuatro extremos de la tierra- es proclamado constantemente en esta parroquia por la Orden de Santo Domingo; ella es aquí como la prolongación del Merkabah o carro de Dios que aparece en la vidriera central, y que trae la presencia y la palabra de Dios que nos salva en el Cordero Santo.

La tercera vidriera, al lado opuesto, simboliza a Santa Catalina de Siena. Es una pequeña estrella en medio de una gran llama de fuego,  que se abre en medio como surco en tonos rojos y que cruza la vidriera de extremo a extremo. La predicación de los Frailes dominicos de Siena cayó en esa tierra o ese surco en la que brotó es semilla de fuego que fue Santa Catalina. Mujer menuda como la estrella que representa, pero de ímpetu reformador y evangelizador tan ardiente como asombroso. En esta mujer se da un modo extraordinario la síntesis perfecta del carisma contemplativo y apostólico del Orden a la que pertenece. Murió joven -a los treinta y tres años-, pero su paso fue como un huracán en la Iglesia y en la sociedad de su tiempo. Sus palabras, sus escritos, y sus trabajos brotaban de una fortísima experiencia de Dios en un amor arrebatado a Jesucristo, a quien consagró por entero desde su infancia como esposa fidelísima. Con plena convicción y con su peculiar fuerza persuasiva, juntamente con la dulzura que la caracterizaba, decía, tanto al clero como a los fieles: Si sois sencillamente lo que debéis ser, haríais arder al mundo. Esta frase suya es la que me ha inspirado la vidriera. Ella ardía, ciertamente; y el símbolo de ese fulgor ilumina como una llama esa vidriera, recordándonos lo que debemos ser.

A la sangre del Cordero-Cristo, Catalina unía la de su propio corazón en su celo apasionado y doliente por la Iglesia, la Esposa de Cristo, que por entonces sufría el desgarro de divisiones internas y se veía urgentemente necesitado de purificación y reforma. En las heridas de la Iglesia, Catalina veía como se desangraba el cuerpo místico de Cristo. Para ella era la sangre del Señor nuevamente derramada. Y para evitar eso ofrecía como holocausto su propia sangre y su propia vida con tal de volver al rostro de la Iglesia la belleza del amor, la concordia y la fidelidad. Catalina, que se sabía salvada por gracia de la sangre de Cristo derramada por amor, vivía en permanente unión al Señor crucificado, hasta el punto que las llagas de Cristo quedaron impresas en heridas de sangre y fuego en su persona. La vidriera de Santa Catalina está teñida en tonos rojos: del fuego del Espíritu y de la sangre del Cordero. En esto viene a ser también un eco de la vidriera central, donde el Espíritu (amor) y la Esposa (singularizada aquí en Santa Catalina como miembro de la Iglesia) dicen: ¡VEN, SEÑOR!, clamando por la presencia del Amado, que es Cristo, cuyo rostro anhelamos contemplar, y de cuya luz transfigurante queremos revestirnos. Que él sea bendito por los siglos, y que la comunidad parroquial de Santa Catalina de Siena desborde siempre en el gozo de su alabanza. Amén.

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